10 sept. 2018

Miedo.


Miedo.

Saltar por la ventana, huir, escapar de la sombra larga que se estira tres de mí. Y la ruleta gira lenta, la bola se apresura a caer en el maldito número, y yo tiemblo. Miro hacia atrás y hacia delante, demasiado peso en un lado, demasiada incertidumbre en el otro.

Repaso las hojas del diario, un diario de tiempo y fuego, de hielo y sangre. Dolor y alegría, desazón y camaradería. Y de nuevo miedo, de mirar al frente, de enfrentar el duelo.

Caigo a los pies, forcejeando con el tiempo, y la ruleta aún sigue girando lenta.

Sudores fríos, latidos huecos. Sabor a sangre y olor a fuego. Queman las viejas heridas, vuelven los antiguos anhelos. Y miro al frente, pero no veo.

Miedo.

Dejar al viento los recuerdos, los frágiles y fugaces momentos. El abismo, el desconsuelo. Me rompo y me reviento, me flagelo y me revuelco en el frío yermo marchito de los viejos tiempos. Nada, hielo y nada. “No te rindas, por favor no cedas”, leo entre las rejas de la vieja habitación desierta, pero perdí el agua del mar en un vaso roto, conté los granos de arena de la playa de mis recuerdos, y perdí allí el último vuelo.

Caigo y me rindo, me desangro en el yermo. Corro descalzo sobre los cristales rotos del mágico espejo. Y la sombra que me persigue se levanta, se alza con fuerza y sed de venganza.

Miedo.

Cae sobre mí su larga manta, que me ata a su espalda. La sombra alta, con ojos blancos y olor a hojalata. Aprieta mi garganta, el sabor metálico me abrasa. Y en la cueva del olvido yazco mientras canta el viejo himno del vencido, del perdido camarada. Y yo cedo sobre mí mismo, para escapar de su atormentada estampa.

No tengo fuerza, me he roto tantas veces que ya no sé cómo recomponerme.

Miedo.

De nuevo en el vacío, solo y sin abrigo. Frío, olvidado, perdido. ¿Quién soy? Desesperanza, doblegado y derrotado por la oscuridad. Agonizo en un rincón húmedo y desolado. ¿Dónde está el rescate? No va a venir, nunca hubo rescate.

En las dunas de negra arena, en el pasto marchitado iluminado por una luna de sangre oscura, allí yace el cuerpo inerte de la luz y la esperanza. Hostigado por los oscuros presagios de la noche sin estrellas, cayó rendido y fue despellejado por los buitres bajo órdenes de la larga sombra.

Miedo.

Ya no soy, ya no estoy. La sombra regresa, pero ya no me resisto. No huyo, no puedo. Me controla el miedo, y caigo a sus pies de nuevo. Clava su mirada en mis ojos marchitos. Tiemblo. Empiezo a desaparecer, me estoy deshaciendo. Solo quedan piel y huesos. Desaparece la poca luz que albergaba, la sombra se la traga.

Miedo.

Me arrastra al pozo donde lanza mis recuerdos. Y ahora, frente a mí pone al abismo. Extiende su largo brazo dándome una señal inequívoca: “Es la hora”. Desde su altura, de nuevo con su mirada fijada en mí, me ofrece el último paso hacia el final: El Abismo, dónde está el principio y el final. Y salta primero el miedo, que abandona mi cuerpo.

Final.

Dubitativo, sigue su brazo extendido, que indica hacia dónde he de dirigirme ahora. Un pequeño, único y sutil paso. El final de todo, ahí, donde yace lo que fui, lo que soy y lo que nunca seré. Cierro los ojos, mientras, con su otro brazo, me incorpora. Controla mi cuerpo, pero yo no me resisto, no tengo fuerzas, ya hace tiempo que me abandonaron. Unos segundo más y empiezo a caer.

Aún sigo cayendo.

13 may. 2018

Ciénaga

Hacemos manos a los muertos, que en esta hora vagando a nuestro alrededor. Su hedor se puede sentir en cada rincón, inunda la habitación de las bestias en la que me hallo. Y aquí sigo, vagando por caminos incógnitos, acelerado hacia el fin de la luz que se halla lejos, al final de la lúgubre senda del infinito deseo por la vida y la muerte. La prueba de dos sabores que son, en sí, dolorosos en cualquiera de sus sentidos. Y regresan los muertos a acompañarme en los últimos recuerdos baldíos que mi agotada mente puede recrear. Memorándum de la propia inexistencia, de un último aliento sangrado de mi alcoholizado paladar, de mi desgastada garganta del humo del fumar. Y desaparece la consciencia del ser, y regreso a la incierta soledad del mundo que me rodea.

Aquí el pájaro, se posa sobre la rama del árbol muerto por la sed de gloria del soldado. Inertes los campos, marchitas las praderas. No llega a este rincón la primavera. Triste, acabado en la penumbra del viejo árbol, la sombra de un sol de invernal primavera que dará paso a un otoñado verano. Y si vienen, los espero sentado, royendo las hojas marchitas, los huesos desgranados, las raíces putrefactas. No vengáis al rescate, ya estamos muertos.

He aquí, la larga sorna de los desposeídos, los antaño importunados. Que vengan los muertos, que vengan a encontrarnos. Ante el tribunal de la eternidad, pasaremos la condena en el árbol de la soledad. No voy a correr, no me esconderé esta vez. Enfrentemos con valor este momento, que ya caímos hace tiempo, que ya regurgitamos los amargos tragos del vino de los muertos. Ya me hundo, solo hay oscuridad, sólo dulce penumbra.

De nuevo en la habitación, de nuevo en la sala rota, la cama vacía, las sombras que proyecta la ausencia de luz. Aquí permanezco ahora, en el cautiverio, lejos de dormir el sueño de los justos. Frío nuclear, aire viciado, y de nuevo ese hedor, hedor a muerto. Y ahí está, un cadáver, un único muerto. Descansen ahora del lujurioso llanto arrancado, de la dulce escarcha matinal. Llegará la hora en que regresen, pero la putrefacción resbala por las paredes de esta minúscula habitación.

Al piano, y con una marcha de muertos abro la función para los deshuesados que me rodean. Se rompen en mil pedazos los cristales de sus miradas. Alzan sus copas vacías en honor a la gloria perdida en el réquiem de la media luna. Corren ríos de lava en sus entrañas, y resbalan por sus calaveras el viscoso ungüento del oro negro. Y no resurgirán de las cenizas, y no abandonarán sus espadas, y esperan que regresen de nuevo las praderas desoladas. Y yo en el piano, invocando a muertos lejanos, que se suman al velatorio de la victoria frustrada.

Arrastrado a las catatumbas olvidadas, por donde vagan los innombrables, donde no llega ni la nada. Al encuentro de sus almas, que atraen a la mía como si de miel y abejas se tratara. Y me siento a esperar de nuevo, para ver llegar un vórtice de encuentros que me arrastran. Y al fondo, muy al fondo, la música descarnada de una marcha antes ya anunciada a las notas del raído piano de la madrugada. Y se ponen las grietas humeantes a escupir vapores de sulfuro que me agarran a las sombras, que me atrapan para que no me vaya. Y se acercan impacientes los innombrables, con túnicas de oro oscuro y de plata afilada.

Al acantilado del fin del mundo, donde reposan los restos de los dioses olvidados, donde la marcha de los innombrables acaba. Aquí, donde no hay más allá, donde se encuentran el principio y el final. Plantado me hayo, frente al abismo y al fiel destino de la eternidad acabada. Y volver, ahora, de nuevo a recorrer la senda que lleva al amanecer del mañana.

Hiván Ramone

25 mar. 2015

Ain't

Esa mujer, esos labios
decorados con saliva suave,
ese meneo
de caderas desencajado,
ese andar imposible,
esa mirada felina.
Un soplo de vida
a una alama envejecida.
Un abrazo de los tiempos
para alejar
la letanía esclarecida.
Un beso es suficiente
para calmar
mis nervios adyacentes.

Y no duelen las heridas,
no escuecen ni desaniman.
Que mi vida,
más que diáspora,
es una vuelta enloquecida.

Ese tacto inquebrantable
con una suavidad impenetrable;
las pupilas clavadas e
n un eterno aceptable.

Vislumbrados caminantes
que hacen sus pasos gigantes.
El retablo de dos jóvenes
nacidos para encontrarse.

28 ene. 2015

Última Batalla

Hemos luchado en las batallas más feroces. Hemos sufrido incontables derrotas a manos de nuestros más fieros enemigos. Nos han introducido en el hall de los vencidos y las mofas de los que pasaban nos enrojecían hasta el alma. Restaron las espadas y se quebraron nuestros escudos. Incluso nos dejamos avasallar en el último instante antes de caer para siempre en el olvido; pero no conocemos más vida que la guerra, la lucha armada contra la injusticia, pelear sin cuartel hasta desfallecer  ante un enemigo tan poderoso que encogía hasta el más fuerte de nuestros corazones.
Sin embargo, a pesar de todo esto, seguimos vivos una vez más, seguimos teniendo fuerza suficiente para alzar la última espada y poder atestar otro golpe. Estamos curtidos en el encaje de estacazos, en la vieja lucha de una fría mañana de invierno, en las largas batallas hasta la caída del sol.
Hemos nacido en un mundo de horrores, de desesperanzas, de desasosiego y de dolor. Un mundo que nos han arrebatado, que era nuestro, de nuestros ancestros. Un mundo, ahora impío, que da coletazos de muerte. Un mundo recluido a un rincón ínfimo de un universo trastocado por las alteraciones de la historia tergiversada. Un mundo que, a fin de cuentas, ya no es un mundo; solo una sombra en la oscuridad de su propia soledad.
Somos un todo, dividido en diversas nadas. Somos un cúmulo de circunstancias inverosímiles, llenos de vida y de muerte. Íbamos a ser garantes de futuro, la generación bendita; pero contra todo pronóstico, carecemos de un pasado de verdad y en nuestras almas ha pesado tanto, que nos hemos convertido en la generación maldita.

Ahora no nos queda apenas nada, en ocasiones ni tan solo luz. Esperando un último grito, una última llamada a la batalla, para volver a tener un nuevo instante de determinación, una última oportunidad para obtener la gloria, ser eternos, y dormir para siempre el sueño de los justos.

Hiván Ramone

22 ene. 2015

Éssers Eterns

I es van seure davant de l’infinit per postergar la seva eternitat individual; però alhora feta de la unió de dos cossos que eren místics el un per l’altre. 

I a la fi el foc del temps, fonent la seva passió en una xarxa de vidre al mes profund de l’univers, allà on no semblava arribar mai la llum; però que tots dos plegats la van portar per separat i fer de la foscor una reticència en la posteritat.

I allà els nous amants, mirant-se en paral·lel, buscant respostes en la seva pell. Es miraven curiosos, no sabien qui eren ben be. 

El foc semblava apagar-se per un instant, però de nou l’eternitat no els deixava marxar; i fonien els seus llavis en un petó descomunal que feia pell de gallina fins al més desesperançat.

I es buscaven, i no es trobaven. I cridaven l’un per l’altre, i habitaven en els seus cors una futura història de tornar-se a trobar. 

Il·luminaven les parets del pou fosc la cendres de la seva passió, i el mal s’irritava a cada pas; nos els deixava tornar-se a trobar. 

I ell escampava el fum pel nas; i ella, alta i esvelta, li tendia la ma. I superaven el mal, i al final es tronaven a retrobar. 

I l’infinit es feia petit i l’eternitat es començava a escurçar, perquè els dos amants es tronaven a forjar. 

Hiván Ramone

6 oct. 2014

Sara.

Desconocidos que se conocen
a golpes de noches de insomnio.
Cuerpos desnudos
en un amanecer ominoso.
Sueño diurno
por una noche de insomnio.

Vueltas de tuerca
a la luna escondía.
Noches
de fiesta infinita.

Camino andado,
en la oscura habitación.
Desconocidos encontrados,
cantando esta canción.

Tus labios,
llenos de secretos.
Mis ojos,
llenos de lamentos.
Tu cara,
perdida en este instante.
Mi alma,
que ella misma se renace.

No somos nada,
somos casi todo.
Somos la misma noche,
que muere cada mañana.

Hiván Ramone

25 sept. 2014

Retórica de la maldad

Siento la oscuridad tan cerca. Parezco un alma en pena, o peor, que el alma se me cuelga del cuerpo. No consigo una sobriedad perpetua. Me distancio del mundo demasiado rápido, quizás. Hace demasiado frío y demasiado calor. Hace tiempo que no hace nada.
La vorágine perpetua, una irónica sonrisa, un lamento en el aire. Quizás un robusto sinfín de ociosidades, de sexo sin sentido, salvaje, solo sexo. Perdido hallo a mi yo, perpetuando su desaparición en los tiempos malditos en que tus labios robaban mis besos.
Que caída idiota, que recaída. No volvemos, no nos reconocemos. Nos han perdido, la vida y el tiempo.
Que descuido, ¡OH!, que momento, aquel de no hallarte y justo después olvidarte. ¿Quién eres? ¿Quienes éramos? ¿Quién soy? Nada, solo eso, ya nada. ¿Y qué? No nos vinimos a buscar, jamás nos volveremos a encontrar, nuestros corazones digo. 
No intentes mirarme, estoy huyendo de ti y tu recuerdo. Muerte a nuestra memoria deseo. ¡QUÉ SE VAYA! ¡QUÉ SE PIERDA EN EL TIEMPO!
No, no te quiero, no te amo. Nos desprecio, no a ti en particular, a nosotros, juntos, los que fuimos y ya no somos. Aléjate de mis recuerdos, igual que te has alejado de mi corazón, y no atormentes a este pobre desagradecido, embustero y ebrio caballero.
Maldad son estos atormentados recuerdos, de nosotros, juntos, siendo uno. Que malos ratos ahora, con el vacío que los buenos ratos van dejando. Que retorcidos el destino, la vida, el universo. Que duro todo, que comienzo más amargo. Pero comienzo, vuelvo a empezar. Construyo algo nuevo con algunos trozos viejos, pero no nuestros, ni tuyos, solo míos.

Hiván Ramone